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Los intelectuales y periodistas deben denunciar el mal, el engaño y la opresión

Francisco Rubiales -Voto en blanco-

Sin la ayuda de intelectuales y periodistas, nunca será posible erradicar a la casta política actual, principal culpable de que la sociedad esté infectada de corrupción y plagada de sinvergenzas y canallas

Muchos creen que el Imperio del Mal es un concepto lejano que afecta a Irán, Cuba y otros países marcados por la opresión y el mal gobierno, o tal vez encarnado en personajes como Sadám Hussein, Pol Pot o el cruel Mao Tse tung, pero la verdad es que está entre nosotros, en nuestras propias sociedades occidentales aparentemente democráticas, presente y activo en un sistema que promueve el egoísmo y las bajas pasiones y que impide a la inmensa mayoría de la población practicar los valores y desarrollar sus capacidades y talentos.

El mal gobierno, ejercido por el liderazgo mediocre y miserable que anida en muchos partidos políticos, cada día más numeroso en nuestro mundo, es el culpable principal de que nuestra sociedad esté infectada de corrupción y plagada de sinvergenzas y canallas que promueven la envidia, la avaricia, la división, la insolidaridad y el enfrentamiento entre los humanos.

Frente a la nefasta y poderosa cofradía del poder, dueña de los recursos del Estado y decidida a atrincherarse en los privilegios, incluso en contra de la voluntad popular, el ciudadano libre y decente está indefenso, hasta el punto de que sólo podrá cambiar la situación y regenerar la sociedad con la ayuda de intelectuales y periodistas, cuya influencia en la opinión pública es crucial y decisiva para acabar con le deriva sucia de la política mundial, a principios del siglo XXI.

La esencia del drama que nos envuelve consiste en que las élites que controlan el poder, en especial los partidos políticos, aliadas con quienes se benefician económicamente del sistema, están deformados y corrompidos por un poder que les convierte en monstruos morales que promueven en su entorno todo tipo de miserias, desde la incultura a la insolidaridad, sin olvidar la envidia, la mentira y el miedo, con el único fin de mantenerse en el poder y seguir disfrutando de sus privilegios.

Ante esa situación, la responsabilidad de los intelectuales y de los periodistas, los únicos sectores que tienen capacidad de influir en la opinión pública más que los mismos políticos, es proporcionar información plena y veraz para que los individuos tengan acceso a la verdad y puedan formarse sus propios criterios.

¿Cómo e posible que intelectuales y periodistas, en países como España, por ejemplo, se nieguen a denunciar la corrupción galopante que inunda los poderes públicos, y la incomprensible ineficacia del Estado, incapaz de soluciones los problemas de la sociedad, cuando hasta un niño puede detecta, a simple vista, el favoritismo, el clientelismo, la arbitrariedad, la arrogancia y los manejos antidemocráticos de las autoridades?

La culpabilidad de los intelectuales y periodistas es palpable e indiscutible, sobre todo en el Occidente libre, donde ellos gozan de la libertad suficiente para conocer y difundir la verdad.

El intelectual y el periodista, que tienen la responsabilidad de decir la verdad política a los ciudadanos, se resisten a hacerlo por temor a perder privilegios y recompensas. Para seguir disfrutando de la "protección" del poder sin perder sus ventajas, han desarrollado toda una batería de trucos y recursos fraudulentos, como aparentar objetividad, decir verdades a medias, eludir las acusaciones graves, evitar las verdades que ofenden al núcleo del poder, como denunciar la inexistencia de democracia o culpar a los partidos políticos de ser los mayores obstáculos para la regeneración.

Cientos de periodistas bien entrenados para confundir y diseminar niebla y confusión están actuando en las tertulias como "perros del poder", adscritos siempre a un partido u otro, difundiendo las verdades de los poderosos, que son muy diferentes de las verdades reales, que son las que exige la democracia e interesan al ciudadano.

La clave es hacer ver a la población que los problemas son muy complejos y que su solución está en manos de unas élites que controlan el poder, cuando la verdad es que los problemas son simples y que la solución está en cualquier lugar, menos en las élites, que son las culpables principales de que esos problemas existan y se enquisten.

Actuando de ese modo, operan más como policías del pensamiento, de manera más o menos voluntaria, sirviendo al poder como cómplices, situándose en los espacios del engaño y la propaganda, promoviendo en definitiva la confusión mental y el control ideológico de los ciudadanos.

Si los intelectuales y periodistas dejaran de dar cobertura a la mentira y tuvieran el valor necesario para denunciar la corrupción, las traiciones a la democracia y las arbitrariedades y manejos del poder, la partitocracia tendría que retroceder cubierta de vergenza y la regeneración se abriría paso, empujada por los ciudadanos libres y decentes, abriendo las puertas a una democracia distinta, donde los ciudadanos, verdaderos soberanos del sistema, pudieran controlar al poder e imponer la ética y la eficacia en los representantes públicos.


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