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La deriva de Fraga Iribarne

Pío Moa

El intento de Fraga de cambiar de chaqueta o de imagen le dio pésimo resultado: en las elecciones siguientes (1979) perdió un tercio de sus electores, que, decepcionados, tampoco votaron a UCD.

Un fenómeno perverso de la Transición, alentado por Suárez, fue la conversión del término "franquista" en un sambenito, mientras comunistas, proetarras y marxistas aparecían como defensores de la libertad (al modo del Frente Popular) en la mentalidad popular, dentro y sobre todo fuera de España. Falsificación histórica con graves efectos políticos, porque la transición se hizo desde el franquismo y contra el disparate (por decir algo) rupturista.

Así, el sambenito tuvieron que vestirlo principalmente Fraga y su Alianza Popular, cuyas campañas electorales fueron hostigadas, a menudo violentamente, por la izquierda, con la complacencia del Gobierno de Suárez. Este se beneficiaba del control sobre la televisión y el aparato político del Movimiento, y de la impresión de estar respaldado por el Rey -nombrado por Franco-, lo que le dio una ventaja mucho mayor de la esperada sobre AP en los comicios de 1977, primeros de la democracia. Con todo, Fraga obtuvo 1,5 millones de votos, base suficiente para mantener su postura y avanzar desde ella. Pero el análisis de Fraga y otros fue el contrario: para crecer no había más remedio que librarse del sambenito derechista-franquista y disputar el "centro" a Suárez, mientras éste se esforzaba en disputar al PSOE la izquierda (es decir, la "imagen" de centro o de izquierda: la política se iba convirtiendo ya en un juego ilusionista de "imágenes" cada vez menos conectadas con la realidad). Así, la derecha perdió definitivamente su centro de gravedad, algo muy peligroso en cualquier tipo de lucha, y diluyó sus principios. Ganar votos parecía exigir mucha demagogia (por otra parte los votos permitían, claro está, mantener el aparato y recibir créditos).

El intento de Fraga de cambiar de chaqueta o de imagen -que le llevó a presentar a Carrillo en el club Siglo XXI y a buscar a candidatos dudosos pero "sin pasado franquista"- le dio pésimo resultado: en las elecciones siguientes (1979) perdió un tercio de sus electores, que, decepcionados, tampoco votaron a UCD. Comenzaba así una distorsión en la representación política, por tanto en la democracia, que se acentuaría en Cataluña, Vascongadas y Galicia, cada vez más desatendidas por la derecha nacional en beneficio de los separatismos. Suárez, por cierto, ganó aquellas elecciones reforzando inesperadamente su tono derechista contra el PSOE.

Fraga y su partido quedaron, pues, descolocados, y probablemente abocados a la ruina a medio plazo, si no se les hubiera adelantado la implosión de la UCD en 1980-82: el derrumbe del partido de Suárez dejó al de Fraga como única alternativa de derecha. Pero la imagen de desvergenza y falta de principios lograda a pulso por ambos líderes impidió a Fraga recuperar el electorado de UCD: en 1982 debió haber superado los 7,3 millones de votos, pero se quedó en 5,5, cifra muy parecida a la del PSOE en 1979. El gran beneficiario, en 1982, fue precisamente Felipe González, con una estruendosa mayoría absoluta alcanzada bajo la consigna de un "cambio" apoyado en la "honradez y la firmeza" frente a la inanidad derechista. Por entonces no se sabía, claro está, qué entendía el PSOE por honradez y firmeza, pero quedó claro que esas cualidades eran las que deseaba de sus políticos la mayoría de la población, y que no las veía en la derecha. Ya he dicho, en La Transición de cristal, que el proyecto de reforma de Fraga era probablemente el mejor encaminado. Pero desde entonces su evolución ha sido a peor, hasta confundirse con alguien políticamente tan deleznable como Rajoy.


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